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04/03/2010

III Domingo de Cuaresma - C -

III Domingo de Cuaresma - Año C
Luca 13,1-9
 

     Texto
   
    En el pasaje anterior a éste, Jesús educa a la gente en la importancia de hacer la lectura de los “signos de los tiempos” (ver Lc 12,54-56) y enseguida muestra que el tiempo que hay que discernir es el del juicio divino (ver Lc 12,57-59). Jesús ahora ejercita el análisis de acontecimientos que ponen a su consideración. Aparecen dos casos tremendos: el incidente de la represión político-militar por parte de Pilatos en el Templo (vv.1-3) y la calamidad de un grupo de obreros en la construcción de la torre de Siloé (vv.4-5).
 
    Hoy no tenemos información precisa sobre los acontecimientos referidos. El caso de la masacre de Galileos protagonizada por Pilato: “cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios” podría tratarse  del incidente de Cesarea en el año 26 dC; el tumulto cuando la construcción del acueducto;  el ataque de Pilato a los Samaritanos en el 36 dC;  o el caso, menos probable, la matanza de 3000 judíos por parte de Arquelao durante la Pascua del 4 aC. Diversas hipótesis tenemos hoy también sobre el accidente de trabajo en la torre de Siloé que dejó 18 víctimas. Pero lo importante es que Jesús no se queda en los acontecimientos en sí, sino que descubre dentro de ellos la voz de Dios que le advierte a cada uno sobre la inseguridad de su propio destino. Si los galileos asesinados y los jerosolimitanos accidentados no eran menos pecadores que el resto de los de su tierra y generación, entonces no hay nadie que no necesite o esté exento de la conversión, todos la necesitamos.
 
Una oportunidad más para nuestra conversión
 
    Todos somos pecadores, nuestra existencia con frecuencia es estéril, no da fruto, pero Dios nos ama y tiene con nosotros una paciencia infinita. No obstante nuestros propósitos, que a veces en eso solo se quedan, Dios está a nuestro lado, cuenta con nosotros. La conversión cristiana es una transformación en la propia historia concreta teniendo en cuenta la misericordia de un Dios que no solamente pide conversión sino que ayuda para que se haga realidad. Tal como se dice en la parábola de la higuera estéril: “cavaré a su alrededor y echaré abono”.
    El que murieran en el desierto o aplastados por la torre de Siloé o en el atentado del 11-M –hoy precisamente es el tercer aniversario- no hay que considerarlo como castigo a esas personas, ni mucho menos pensar que no agradaron a Dios, como llega a decir S. Pablo. El apóstol nos quiere poner en alerta para que no nos confiemos, por el hecho de llevar muchos años de vida cristiana o religiosa, o incluso consagrada, que lo que prevalece siempre es la misericordia de Dios manifestada en Cristo, y la gracia que Él nos da para sacar provecho de esa situación. Y como Moisés sentirnos enviados, Él nos dará palabras y fuerzas y allanará el camino.
      Las desgracias son una invitación a la conversión. Nos lo enseñó Jesús hace 2000 años y todavía no lo hemos aprendido. Dios nos exige, sigue esperando y dándonos oportunidades. Es comprensivo y misericordioso (Salmo). Nos lleva a todos tatuados en sus palmas. Porque Dios es Amor nos exige, nos urge, quiere vernos crecer y multiplicar, como el señor de los talentos, como la Vid y los sarmientos, como la viuda pobre. Hay que sacar lo mejor que llevamos dentro. Corremos el riesgo de quedarnos en la mediocridad y por tanto de ocupar inútilmente el terreno.
      El Evangelio de hoy no nos desalienta, al contrario, nos llama a la esperanza de que las cosas pueden verse de otro modo y pueden cambiar. Sí, también en cada uno de nosotros para llevar a cabo su plan amoroso. “Danos una oportunidad”, ¡otro año más! Pero tampoco podemos “dormirnos en los laureles”. Es hora de desperezarnos y comenzar a dar fruto. No basta con no hacer nada malo, hay que hacer mucho bueno, frutos de bondad y de justicia, la cesta llena de frutos, la higuera llena de dulces higos: “He venido para que deis fruto y vuestro fruto dure”.
 
¡Moisés, Moisés! (1ª lectura)
Dios es llama de amor. No importa que prenda en una zarza o en un rosal. Dios puede manifestarse en el barro o en el metal. El resultado será siempre precioso (cf 2Cor 4,7). Arde en mi barro.
     El fuego en la zarza es un signo, como lo fue la estrella para los Magos. Es como un despertador. Moisés andaba muy ocupado y preocupado con su familia y su trabajo, y eso que no estaba en la ciudad sino en el desierto. La zarza ardiente polariza su interés y su búsqueda. Solo el que busca encuentra. Todo el que busca encuentra. ¡Cuántos signos ardientes necesita nuestro mundo , despistado y estresado!
      Y cuando Moisés se acerca, cuando ya se pone a tiro, Dios lo llama por su nombre, una y dos veces: ¡Moisés, Moisés! Qué bien que te llamen por tu nombre, quiere decir que vales, que sirves para algo. Si nadie te llamara no sabrías tu nombre, no sabrías quien eres ni qué eres. El otro te identifica y te da valor. Lo más bonito es si el que te llama es alguien que te ama. El amor es el que te da nombre verdadero, el que te da la razón de tu existencia, es como un nuevo nacer. Y sobre todo porque quien te llama y te ama es Dios.
Y el amor siempre espera una respuesta de la persona amada.  El amor compromete como para Moisés no se cruza de brazos, no se mete las manos en los bolsillos, no se encoge de hombros ni se tapa los oídos… un amor que se experimenta y se llega a padecer en el propio ser, un amor que queda impreso en las entrañas a modo de herida o sello. Que es algo más que teoría, como para S. Ignacio, no es el mucho saber sino el gustar y saborear. Y entonces da fruto. ¡Qué bonito poner atención, parar como Moisés y poder escuchar el propio nombre! ¡Qué satisfacción al oír pronunciar el propio nombre con cariño!  Y entonces en seguida: ADSUM!: NUNC COEPIT” ¡Aquí estoy: Ahora empiezo! Heme aquí, Padre, haz de mí lo que quieras.
De todo esto nos puede surgir una manera nueva de leer la historia y los acontecimientos, desde el amor, desde dentro: ¡contigo, Señor! Una manera, también, de presentarte a las personas que conozco, por su propio nombre: Lucía, Nuria, Cristina, Derna, Vero, Silvia, Luis, Alejandro, Cristina, Javier, Yanet, Montse, Guadalupe, Pedro, Pilar, Elena, Juan, Borja, Irene...
 
      Enséñanos, Señor, a leer el periódico, los acontecimientos de cada día. Cuantas veces destruimos con nuestra lectura y no valoramos la acción de Dios en nuestra vida. En cambio Tú estás ahí, llamándonos por nombre, sosteniendo lo que tú vas realizando por medio nuestro. Traspasándonos esa bondad que solamente a ti en pleno te pertenece. Y nos vuelves a ofrecer otra oportunidad y nos tienes paciencia, ternura y cariño, y nos lo manifiestas, ¿Qué nos falta para dar ese fruto que tú deseas y esperas de nosotros? ¿Para ver ese fuego que no se apaga? Que nos paremos como Moisés en medio de la actividad. Llénanos de tu Espíritu y de sus frutos. Tú, “EL QUE ES”, “EL QUE ESTÁ”, nos envías a abrir, liberar, ampliar, a no quejarnos, a no protestar (2ª Lectura) –¡parece que el castigo provenía, según ellos,  de la queja!-
Asun, ¡párate, que estoy aquí! Sí, Dios mío, Adsum! ¡Contigo empiezo!
 

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